El cine. Segunda Parte Los trapecistas  más felices del mundo.por Oscar “Cachi” Lopez

Debía ser fines del ’75 o principio del ´76, cuando mi amigo entró corriendo por el costado de casa y preguntó por mí, aún estaba en la cama. Mamá lo hizo pasar, lo primero que vi fue su cara de alegría, pero como era normal que tuviera los ojos abiertos exageradamente y una sonrisa, pensé que venía a buscarme para hacer un “picado” en lo de Doña Lola. La sorpresa fue grande cuando me contó que lo habían “contratado” para barrer el cine. ¿El pago? Entrada gratuita, una coca y una golosina. “¡Podemos ver las películas todas las veces que las pasen!”, me dijo y agregó: “¡Dale! ¡Tenemos que empezar hoy!”. Me vestí apurado, sabiendo que mamá me daría permiso y que papá pondría como requisito que fuera sólo a las aptas para todo público, lo que significaba poder ver muchas películas. El trabajo no era difícil, abríamos las ventanas para que entrara algo de luz y aire fresco, y barríamos juntando paquete de cigarrillos, envases de golosinas y papeles de caramelos. Si había algo pegoteado en los asientos o en los pisos debíamos quitarlo, nada que no pudiéramos hacer.
Llegábamos muy temprano la noche de función. La primera vez nuestro “jefe” nos presentó al staff del cine. Me llamó mucho la atención que el cajero tuviera por segundo nombre “Talacasto”, tiempo después me “avivé” y caí en la cuenta que era una marca de vino y que se trataba de una broma. Inventar apodos, resultó ser una característica de nuestro histriónico “jefe”, al que fui aprendiendo a conocer y a querer, pues la vida volvió a ponerlo en mi camino. La segunda vez fue en un trabajo “en serio”, y resultó ser un gran jefe y compañero. La cuestión era que se había hecho una deuda, sería con el Instituto Nacional de Cine y Artes o con alguna repartición impositiva, y había que tratar de cancelar. El cine, al contrario de los 60-70 estaba en baja, lo que complicaba el panorama, por eso, nuestro “jefe” no dudó en comentarle al Padre Adam, párroco local y responsable del edificio, que una de las estrategias que podía revertir la situación era proyectar las películas de contenido erótico de Isabel Sarli, al religioso no le quedó otra que hacer “la vista gorda”. Claro que estos filmes “para mayores de 18 años” tenían por principales interesados en verlas, justamente, los menores, cuestión que trajo consecuencias. Cierto día, alguien llamó a la autoridad policial, y la misma se hizo presente en la persona del Sargento Pedro Álvarez. El uniformado, se apostó en el umbral de acceso a la sala y, mientras calzaba una mano en la cintura, con la otra se rascaba la cabeza sin quitarse la gorra observando la media docena de parejas que miraban el filme. La cantidad de personas no coincidía con el medio centenar de bicicletas que descansaban en la vereda. Las dudas del policía se agolpaban en su cabeza, de la misma forma que los menores lo hacían en el entrepiso, al costado de la cabina de proyección, para disfrutar de la prohibida producción nacional.
Esta etapa también fue un desafío para el ticketero, el querido Narciso Weidmann. Seguramente sus convicciones católicas lo llevaban a colaborar cada vez que la iglesia lo necesitase, por eso la proyección de las películas de la Coca Sarli, lo pusieron en una disyuntiva que resolvió con mucho atino, a los que al ingreso le pedían algún adelanto del filme, él no dudaba en espetarles: “se ven unos lindos paisajes”, lo que era cierto, haciendo referencia a la geografía y, también lo era, en función de lo que la muchachada esperaba ver.
Cierto día, al volver de la escuela, pasé frente al cine y pude ver que habían colocado en cartelera, un estreno que cambiaría mi vida y la de mi amigo (al menos por una semana). El título era atractivo: “Trapecio” y el argumento aún más. Tony Curtis un joven trapecista viaja a Paris para entrenarse e intentar una hazaña lograda por muy pocos: el triple salto mortal. Burt Lancaster sería su mentor, un veterano de la especialidad, que se había lesionado intentando ese difícil truco (escena que se ve al principio del filme). Todo parecía marchar bien, pero aparece cerrando este triángulo la bella Gina Lollobrigida, que hará perder el equilibrio a los sentimientos de ambos acróbatas.
Con mi amigo tuvimos asistencia perfecta, la vimos todas las veces que la dieron en sala, lo que produjo un efecto instantáneo, el lunes, por alguna extraña razón, nosotros creíamos ser trapecistas. Comenzamos en el fresno del frente…., tenía una rama que se salía del tronco paralela al suelo, a una altura ideal para lanzarse desde el cordón de la vereda, tomarse de la rama, pasar las piernas por dentro y colgarse, quien lo lograba era, prácticamente, un Tony Curtis. Cuando nuestras manos no daban más, la corteza del fresno suele ser algo rústica, incursionamos en el patio. El pino de punta partida gozaba de una rama fuerte y aparecía justo para cumplir nuestros deseos. Allí armamos un trapecio de alambre grueso, con una barra de madera, sería un palo de escobas o algo similar, no creo que lo hayamos hecho sólos, seguro contamos con la ayuda de papá. Como sea, esa semana, nuestra principal ocupación consistió en el trapecio, y como poco a poco, nos fuimos dando cuenta que no pasábamos de las acrobacias más básicas, nos fuimos olvidando de él. En nuestras manos, sin embargo, quedaron por algunas semanas más vestigios de esos días, en algunas ampollas cicatrizadas, y en nuestros corazones, hasta ahora, el recuerdo de ese tiempo, donde la magia del circo se nos metió muy adentro, tanto, que creímos que podíamos ser parte de él.
Y…, ¿qué es la infancia?, sino eso, un sueño que perseguir, un intento loco por ser ese héroe que salta de la pantalla y se mete en nuestras vidas y qué mejor para esa aventura, que tener un amigo con la mejor carcajada del mundo, para compartir los golpes, las caídas, algún que otro reto de los padres, las burlas y también las risas, y hacer que esos momentos sean, simplemente inolvidables. The end
Dedicado a estos dos grandes amigos que me dio la vida.